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Los amigos imaginarios

Ahora que los días son tan cortos, y el mundo de afuera tan oscuro, prefiero abrigarme bien y refugiarme en casa rodeada de amigos imaginarios. 


Juntos, pasamos la tarde: merendamos, vemos la tele, pintamos con lápices de colores...




Si no llueve mucho, llenamos la mochila para irnos de excursión a donde nos da la gana.



Aquí no discriminamos a nadie por su color de piel, ni por el número de patas, ni preferimos las alas a las aletas... ¿Te vienes a cambiar de año con nosotros?








Cuando no coso

Como os contaba por aquí, no estoy muy costurera últimamente. Los tejidos mentales se me arrugan y los retales de que estoy hecha parecen no tener muchas ganas de hilvanarse entre si.

Sin embargo, a las manos les cuesta estarse quietas, y últimamente han vuelto a encontrar paz en la pintura. También sigo con esa especie de yoga para abuelitas que es tejer, y no deja de sorprenderme la cantidad de paz escondida en el silencioso ritmo de las agujas... Si no os importa no ver telas, os invito a un viaje de colores:
La calma que transmitían los paisajes detenidos del verano se transformó en cadencia mágica para los ovillos de lana. Me encontré con una colección de mitones que parecían haber nacido solos, como tejidos por los duendes. Aún no hace frío, es verdad, pero me gustan tanto...
Y después... Una caja de acuarelas, tijeras, papel, y tiempo...




  
Visto que se me estaban acumulando los dibujos, se me ha ocurrido subir algunos a la tiendecita de Etsy, y llevar a los más pequeñitos a ver mundo a la exposición de Posquins que se inaugurará en diciembre.

A la próxima, vuelvo a las cosas cosidas, prometido :). Gracias por detener aquí vuestra mirada paciente.

Los días breves

Poco a poco, y sin darme cuenta, se fueron acortando los días. Se hicieron largas las sombras en las paredes del taller, se desinflaron las ideas, se me quedaron helados los pies dentro de los calcetines de lana. Y aunque me cosí un amuleto mágico contra todos los males, ni con ésas. Al final  pasó lo que pasa siempre al final de todos los otoños: se me comió la inercia. 
Un día el cartero trajo el calendario de adviento de mi amiga Pauline, y con él descubrí que el frío se me había echado encima mientras vegetaba en el sillón jugando al candy crush, o me acostaba tarde, o me levantaba más tarde todavía. Los días como ventanitas de cartón por las que se escapaba, estúpidamente, el tiempo.
Perdí entonces unos cuantos días más en estar enfadadísima conmigo, triste y frustrada y con la máquina de coser pensamientos completamente atascada. Luego escuché en la radio que había llegado el solsticio de invierno. Y aunque las navidades y los finales de año no me gustan nada de nada, me entusiasmó pensar que los días, poco a poco, se van a ir haciendo más largos. Me perdoné, preparé té, tejí bufandas. E hice una lista de los pequeños regalos que los días breves han ido dejando caer en mi regazo. La escribo por aquí también, por si el año que viene vuelven a acortarse las horas de luz y me da por ponerme tonta otra vez.


Dos viajes increíbles.

Helados en otoño, y palomitas!



Animales fantásticos.


Y personas más fantásticas todavía que han seguido creyendo en mí a pesar de todo: amig@s, abrazos, encargos, personitas como flores en la orilla de todos los caminos.



Estrellas, lunas y alguna que otra nube, allá arriba en el cielo.

Y aunque también hubo algún momento en el que quise tener el corazón rodeado de pinchos para defenderme...

...despierta una sonrisa descubrir que los días breves tampoco han sido, después de todo, tan oscuros. Desde aquí, feliz invierno.